Óleo sobre lienzo
0,40 x 1 m
colección privada
La belleza no atiende a principios ni razones.
Ella es.
Ella es.
Es lo eterno habitando lo sencillo, lo poderoso que no necesita imponerse. Camina y, al pasar, deja belleza, sin saber que la deja. Quizá ahí reside su misterio: ser especial sin saberse especial.
Es presencia. Un instante que se abre y, detrás de la forma, deja entrever aquello que permanece.
Hay en ella una sabiduría antigua, serena, que conoce el dolor y la risa, la pérdida y el gozo. Una sabiduría que no huye de ninguna de las dos orillas porque sabe que ambas pertenecen al mismo río.
La belleza es también misericordia: la capacidad de mirar sin juzgar, de acoger lo que es, de reconocer la vida incluso allí donde duele.
Quizá por eso su verdad se encuentra más en lo que no se ve que en lo que se muestra.
Lo eterno en lo sencillo.
La fuerza en la suavidad.
La sabiduría de saberlo todo y, aun así, seguir sonriendo.
La fuerza en la suavidad.
La sabiduría de saberlo todo y, aun así, seguir sonriendo.