Óleo sobre madera
1,20 x 1,20 m
Disponible
Cuenta la leyenda que, después de las guerras, la tribu de Azuluke fue condenada y destruida. La tierra quedó marcada por el dolor y las almas, atrapadas en el recuerdo de la violencia.
Pero Azuluke permaneció allí.
Bailaba con una sonrisa en el rostro y alegría en los pies. Quienes lo observaban no comprendían cómo podía bailar después de tanta muerte. Cuando preguntaron a los ancianos de la tribu, ellos respondieron:
«Baila para liberar a las almas.»
Cada paso era una forma de transformar el dolor. Cada movimiento, una llamada a la libertad. Azuluke bailaba para que aquello que había quedado atrapado pudiera desprenderse de la tierra y volver a ser ligero.
En la obra, su danza aparece sobre la cabeza como un espíritu que se eleva. Las lágrimas se mezclan con el color y con la sonrisa: dolor y alegría no como opuestos, sino como parte de una misma transformación.
Porque un alma libre es como un pájaro: puede volver a elevarse, incluso después de haber conocido el dolor.
Azuluke baila la danza ancestral de la alegría.
La danza de la esperanza.
La danza de la liberación.
La danza de la liberación.